Noche por la ría de Bilbao

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La ruta, una intervención itinerante por la penumbra fluvial a lo largo de la Ría, transcurre sobre un el matxin hiru desde el Palacio Euskalduna hasta su desembocadura en el Abra, desarrollándose en una triple expresión: visual, sonora y evocativa.

El tiempo lento y majestuoso de la navegación, la visión simultánea del amplio espacio fluvial y el solemne paso bajo los sucesivos puentes, intenta capturar la memoria de estos lugares y convertir este episodio, en algo más profundo que el mero placer de navegar en la oscuridad por la Ría: en una excepcional experiencia estética efectiva y afectiva. Todo sucede en torno a un paisaje, un extenso espacio exterior en exterminio repleto de episodios interiores, un paraíso productivo perdido, que fue contundente y hoy es complaciente. En una atmósfera aliviada bajo un cielo impuro, pervertido, y quizás arrepentido, de haber cobijado tanta producción y mucha reivindicación con puño alzado y voz airada. El concierto de una atonalidad específica, está compuesto por los siete movimientos siguientes:la voz de la conciencia, la luz de la memoria, la oscuridad visible, el viento de la historia, el sonido de la noche, el silencio del tiempo y la identidad del agua.

Un repertorio de temática industrial y evocación laboral, en dinámica cadencia rítmica de una tonalidad cambiante, con momentos incluso frenéticos, procura producir en el asistente estímulos compositivos reclamando su memoria y otorgando otra dimensión sensitiva a la percepción visual. El asistente permanece, probablemente, atrapado en una concurrencia de impresiones no previstas que le solicitan un minúsculo esfuerzo de sedimentación sensorial. Y en la medida que el acto se desarrolla, experimenta sensaciones crecientes hasta llegar, al final del trayecto, después de una nocturnidad plena de emotividad, a un pletórico éxtasis total, agitada mezcla de metal, memoria y melancolía. Arribando al lugar donde la Ría se diluye en la mar, en medio del inmenso vacío del Abra, la palabra se despide, la antorcha se esfuma y la música se ausenta. En un repentino y sublime silencio, respondido por el inmortal e inaudible rumor del pasado, la razón se acrecienta recomendando a la memoria que se active y reconstruya este simbólico paisaje como un episodio virtual y emocional.

Después de alejarse en el tiempo, envueltos en la serenidad de la noche y plenos de sensaciones seductoras, se regresa en sigilo y desembarca con el ánimo dispuesto a la Ría.Donde decían que ahora ya no había nada, está repleto de gloria para siempe.